Ya vienen. Pedro Fernández Arcila
Arias Cañete acaba de sentarse frente a la mesa del ministerio de Medio Ambiente y con esa cara de franciscano glotón que tiene ha pedido tres platos: el primero, reforma de Ley de Costas al estilo Benidorm, leyes ambientales con reducción a lo Berriel y, por último, turismo en parques nacionales, traído directamente de la huerta del Loro Parque.
En su favor debemos reconocer que su labor ministerial no se va a andar con rodeos y, al contrario de lo que es la práctica habitual de otros ministros, que no enseñan sus cartas hasta pasados unos meses de mandato, Arias Cañete exhibe, sin disimulo, su apetito voraz por engullir el aparato legislativo de protección del medio ambiente que se ha venido construyendo en los últimos veinticinco años.
Por eso, en su locuacidad, no ha tenido ningún recato en anunciar los aspectos de la reforma de la Ley de Costas y, para “poner en valor el litoral”, ha dispuesto reducir el dominio público marítimo terrestre y ampliar los usos privados que se permitirán en ese espacio. El mismo deseo privatizador para los parques nacionales que, para gloria de un político insular, desea transformarlos en una especie de parques temáticos.
El ministro de Medio Ambiente ha expresado con rotundidad el problema de fondo de los conservadores: su incapacidad congénita para contabilizar el enorme valor económico que guarda el mantenimiento del uso público de un bien natural como es el litoral. Sin embargo, la operación económica de evaluar el uso libre de los bienes comunes es muy sencilla. Cojan papel y lápiz y póngale valor a las mañanas soleadas y los atardeceres que hemos disfrutado en cualquier rincón de nuestro litoral, pongamos por caso Mesa del Mar, en Tacoronte. Recuerden los momentos placenteros con nuestros padres cuando éramos niños, con nuestros colegas cuando éramos adolescentes, de adultos con nuestras parejas y con nuestros recuerdos cuando seamos viejos. No se olviden de los encuentros con los amigos del barrio o del instituto, las risas, los besos, los juegos; pongan valor al primer chapuzón del verano. Tengan presente que todo esto fue gracias a que el litoral era de todos y su acceso era público. Multiplíquenlo por los cientos de miles de personas que habrán disfrutado como ustedes de ese tramo del litoral y, a su vez, por el placer que, por cientos de años, le quedarían a las generaciones que están por venir. Ahora comparen ese valor, que no podrá traducirse en dinero, con las ganancias que tendrá el promotor de un muelle deportivo privado como el de Mesa del Mar, en Tacoronte, quien, tras oír al ministro ya sueña con poner una cadena al acceso público. Como imagino el resultado, les diré que sus cuentas no son las de Arias Cañete.
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